Me remuevo entre las sábanas de seda, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo protesta con un dulce entumecimiento. Es ese tipo de dolor satisfactorio, un recordatorio físico de la intensidad de la noche anterior. La piel me arde ligeramente, todavía sensible al recuerdo de las manos de Lucien recorriéndome con una urgencia que raya en lo salvaje. No puedo quejarme; después de tanto tiempo de negación y Guerra Fría, la entrega de anoche ha sido el tipo de liberación que solo se encuentra en el