Avanzo por el ático en un silencio denso, interrumpido solo por el sordo golpeteo de mis tacones sobre el suelo de mármol pulido. El lugar es un tributo al minimalismo agresivo y al lujo desmedido: techos altos, muebles de cuero italiano y paredes de cristal que ofrecen una vista panorámica de la Ciudad del Pecado. Desde aquí, Las Vegas parece una alfombra de neón centelleante, una fantasía de luces que oculta la podredumbre que acabamos de dejar atrás.
Escucho los pasos de Lucien detrás de mí.