Mundo ficciónIniciar sesión—Atiende esa mesa. ¿Qué esperas? —Mike aparece y asiento de mala gana antes de avanzar.
Mientras lo hago, recuerdo que es por su hermano que estoy aquí. Y que Ivanov debió de haberle cobrado la deuda a Sam o alguna de sus mujeres antes que a mí. Pero al parecer para Ivanov soy el cordero a sacrificar.
Entonces me ve y se congela. Su risa, que segundos antes ha resonado, se detiene. Sus ojos oscuros, idénticos a los de Danny, se abren al verme, al reconocerme. El horror y la incredulidad en sus ojos se mezclan con un matiz de... ¿Culpa? No, más bien, de incomodidad.
—Preciosa, tráeme una botella de bourbon. —Me guiña mientras me recorre con una expresión de lascivia.
—¿Blair? —susurra, Sam, con un tono apenas audible sobre la música.
Me enderezo volviendo a la máscara de frialdad y seducción que todos esperan de mí.
—¿Algo más, señores? —preguntó, sin mirarlo, usando mi voz de mesera.
Los otros hombres niegan con la cabeza.
Me alejo, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda. Llego a la barra y hago mi pedido y espero como las otras chicas cuando siento que alguien me sujeta del brazo.
Sam.
—¿Qué haces aquí?
—Ser la esclava de Ivanov gracias a tu hermano…
Un hombre corpulento aparece y tira de Sam que me ve con una expresión que no logro descifrar.
—Aléjate de la chica —espeta Mike uniéndose al pequeño revuelo que se crea por el forcejeo de Sam que es empujado lejos de mí. Él se resiste, pero el hombre de seguridad lo termina sacando del club con Mike de cerca.
Me quedo ahí de pie unos segundos viendo alrededor en busca de una salida, pero se que debo ser inteligente y estudiar cada oportunidad. Puede que no sea esta noche, pero voy a escapar.
—¡Bourbon! —espeta el hombre de los licores en la barra y salgo de mi letargo. Tomo la botella y me dirijo a la mesa, donde los hombres siguen disfrutando del espectáculo que una de las chicas les ofrece.
Cuando mi turno finalmente termina, mis pies están doloridos y mis ojos amenazan con cerrarse debido al cansancio acumulado. Entonces Mike se acerca con una caja abierta.
—Tienes que poner aquí tus propinas, espeta y lo miro con sorpresa.
—Me dijeron que las propinas son mías —susurro y nadie dice nada. Solo siguen con sus cosas mientras las otras camareras cuentan sus propinas y las chicas ríen de los clientes que han visto hoy y otras de los que han atendido en un servicio especial.
—Hubo un error. Ponlas aquí y Elmira te espera en el vestidor.
Maldito seas, Ivanov.
Me trago las lágrimas que se forman en mis ojos. Echo el dinero en la pequeña caja de seguridad y camino hacia el vestidor mientras veo cómo algunas mujeres se despiden y salen del club a su vida normal.
Efectivamente, Elmira me espera junto a la puerta de acceso y sin decir nada se hace a un lado. Camino hacia el pasadizo y ella me sigue.
—Voy a llevarte a tu habitación asignada. —Escucho lo que dice. —Allí encontrarás ropa y todo lo que necesitas para el aseo personal. También encontrarás un uniforme.
—¿Otro? —Inquiero, deteniéndome, y ella me pincha con el dedo en el costado para que siga caminando y me fulmina con sus ojos negros.
Salimos del pasadizo y avanzamos por el pasillo por donde caminé más temprano.
—Sí, otro. El jefe me ha dejado la orden de que debes estar despierta y lista a las ocho para tus otras funciones. Así que te sugiero que descanses lo que puedas.
Elmira me hace detener frente a una puerta y la abre. Entro y el lugar no es muy diferente al que estuve antes. Solo hay una cama junto a ella, una mesa de noche con una lámpara y un despertador. También hay una puerta que, supongo, es el baño. Pero lo que llama mi atención es una ventana y toma todo de mí, no correr a ella e intentar saber dónde estoy.
—Descansa, vendré por ti a las siete. Y no intentes escapar, ya que este lugar está custodiado.
Con eso se va cerrando detrás de sí y cierro los ojos cuando escucho que echa llave. Corro hacia la puerta, pero la misma no abre por más que intento levantarla. Cuando mis dedos están doloridos y mi brazo lastimado quema, desisto, pero sí me doy cuenta de que estoy dentro de una propiedad. Y desde mi lugar puedo ver que es extensa y al pasar una especie de vegetación boscosa hay otra propiedad.
Resignada a mi suerte, me siento en la cama y limpio las lágrimas que he retenido desde que empezó la noche. Salgo de los tacones y entonces noto las piezas de ropa perfectamente dobladas sobre una silla. Cuando las tomo, la incredulidad es innegable y me pregunto. ¿A qué está jugando Ivanov?
**
Me despierto justo a tiempo, unos minutos antes de que el estridente tono del despertador, cuidadosamente colocado en la mesita de noche de la austera habitación, irrumpa en el silencio. El sueño había sido delgado, plagado de sombras de látex rojo, el zumbido de la música del club y la mirada de Sam.
Me estiro, y mi cuerpo protesta en una sinfonía de dolor. No es solo el impacto del choque en el desierto; es el recordatorio punzante de mi noche de servicio. Mis pies, a pesar de la experiencia, arden desde el arco hasta los dedos, castigados por las horas sobre los tacones de aguja. La tensión de mi cuello y hombros, agarrada a la bandeja, tratando de ignorar las miradas lascivas, es una contractura profunda. Y mis ojos se sienten como papel de lija. Cansados, pero demasiado alerta para volver a cerrarse.
Me obligué a salir de la cama y me dirijo al baño, donde me doy una ducha rápida, casi helada, para espabilarme. Me aseo y peino antes de salir del baño. Reviso la cómoda y, efectivamente, hay una pila organizada de ropa de diario. Tomo un conjunto de ropa interior que huele a limpio y le quito la etiqueta antes de ponérmelo.
Luego, el uniforme del día. Una falda de corte A, de un color negro sólido, con unas finas líneas blancas, que llega más abajo de mis rodillas. Una camisa de manga corta, de un tejido suave, que desabroché y fajó dentro de la falda. Finalmente, unos sencillos zapatos de tacón bajo de color negro. Me miro al espejo y la imagen es discordante con la mujer del látex rojo. El contraste con la depredadora sexual que había sido la noche anterior es brutal. Es como si hubiera dos Blair viviendo en el mismo cuerpo: la de la noche, atrapada y exhibida, y la del día, forzada a la sumisión doméstica.
Entonces la puerta se abre y Elmira aparece, vestida con un impoluto uniforme.
—Andando. Ya estamos sobre la hora —espeta con esa voz plana y autoritaria.
La sigo y la luz del día, los pasillos y la casa no parecen tan lúgubres, aunque no por ello menos siniestros. Bajamos unas escaleras que dan a un salón elegante, con grandes ventanales que ahora están abiertos, dejando entrar la luz.
Elmira me guía hasta lo que evidentemente es la cocina principal. Es grande, moderna, con electrodomésticos de acero inoxidable y superficies de cuarzo blanco. Varias personas, cocineros y ayudantes, se mueven con la eficiencia silenciosa de un equipo bien engrasado.
—¿El desayuno del señor está listo? —pregunta Elmira a uno de los cocineros.
El hombre, con un uniforme de chef alto, asiente y deslizó una bandeja de plata, reluciente y cargada, sobre la encimera. El aroma que emana de ella era exquisito: café de calidad, mantequilla dorada, huevos recién revueltos con hierbas frescas. Mi estómago, que no ha probado comida de verdad desde la noche antes del accidente, gruñe con una protesta audible.
Elmira ni se inmuta.
—Tómala. Llévala a la oficina. La misma de anoche. —Me quedo paralizada. ¿Servirle? ¿El desayuno al hombre que me ha tomado como una esclava, que me ha besado con la intención de castigarme, ha amenazado con matar a mi familia y me ha vestido como a un juguete? —Espabila —espeta Elmira, arqueando una ceja con su paciencia a punto de agotarse—. Estás aquí para servir al señor. Y sin rechistar.
—No voy a hacer tal cosa —espeto, sintiendo que mi rostro se enciende por la rabia. Esa que me había metido en problemas con Lucien la noche anterior—. No le serviré a ese... delincuente.
El silencio se instala en la cocina. El sonido de los sartenes se detiene, los ayudantes se quedan congelados, mirándonos con los ojos muy abiertos. El ambiente se vuelve pesado y peligroso.
Elmira acerca su rostro a centímetros del mío.
—Será mejor que cuides tu lengua, Blair —susurra, con una frialdad tan absoluta que es más amenazante que un grito. Sus ojos, antes vacíos, ahora tienen una chispa helada—. Podrías perderla.
El mensaje es claro. No es una amenaza vacía. Cierro los ojos un segundo, respiro hondo y me obligo a tragarme mi orgullo, mi dignidad y mi rabia.
—Bien —escupo las palabras.
Tomo la bandeja de plata. Es pesada, pero la familiaridad del peso, el equilibrio, me da un ancla. Enderezo mi espalda y camino, sin mirar a nadie, siguiendo la ruta que mi memoria ha grabado a fuego la noche anterior. El olor del café y la comida me recuerda que la vida de lujo sigue, incluso en medio de la esclavitud.
Avanzo por el pasillo de arte y esculturas. La luz del sol se filtra por las ventanas, haciendo brillar los marcos dorados, dándole al lugar una belleza insoportable y sarcástica. Llego a las puertas dobles de la oficina. Los dos guardias estaban apostados allí, inmóviles. Farfullo un "Buenos días" a los hombres de seguridad, un acto reflejo de cortesía que me hace sentir ridícula.
Entonces, entro y me quedo paralizada en el rellano, el borde del pie tropezando con el umbral. El temblor recorre mis brazos y la bandeja se inclina un poco, pero suficiente para que un chorro de jugo de naranja se derrame desde el vaso, salpicando la alfombra de un color marrón oscuro y arruinando el silencio de la mañana.
Pero mis ojos están fijos en la escena.
Lucien Ivanov está reclinado en el sofá de cuero negro, con el cuello echado hacia atrás, disfrutando de la mañana. Su traje estaba inmaculado y su cabello oscuro brillaba. Y en su entrepierna hay una cabeza femenina. La mujer, con el cabello rubio y largo, está completamente absorta en su tarea, su cabeza moviéndose con un ritmo íntimo y silencioso, y Lucien está con los ojos cerrados, en un momento de placer relajado, disfrutando de su poder. El estruendo de mi torpeza y el sonido del jugo derramándose son suficientes para que sus ojos se abran de golpe.
Me quedo ahí, congelada, con mi pecho subiendo y bajando rápidamente, con la bandeja temblando en mis manos, el olor del jugo dulce inundando el aire. Y sus ojos, ahora completamente abiertos, me perforan.
He entrado en la guarida del lobo, y acabo de estropear su desayuno.







