Mi corazón no late; golpea contra mi caja torácica, un tambor frenético de pánico y vergüenza. El vaso de jugo de naranja ha caído al suelo con un ruido sordo, sobre el caro tapete persa de la oficina que ya ha sufrido del derrame de la bebida. La mancha, brillante y ácida, es un insulto visual al impecable orden de Lucien Ivanov.
Estoy congelada, parada en el umbral, con la bandeja en mis manos, y la escena frente a mí. El hombre, mi captor, reclinado en el sofá junto a la ventana, con la cabe