El roce de la cuchara de plástico contra el fondo del cuenco es el único sonido que rompe la monotonía de la habitación. La crema de zanahoria está tibia, con ese sabor artificialmente dulce y reconfortante que suelen tener las comidas de hospital, pero en mi estado, se siente como un banquete. Cada sorbo baja por mi garganta con una suavidad que agradezco; mi cuerpo todavía se siente como si hubiera sido arrollado por un tren de carga, pero estoy viva. Y después de haber visto el vacío desde l