POV Lucien.
El olor a hospital siempre me ha resultado repulsivo. Es el aroma de la debilidad, de la carne fallando y de la muerte acechando en pasillos iluminados por tubos fluorescentes que parpadean con una arritmia irritante. Me encuentro sentado en una de esas sillas de plástico rígido, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos parecen piedras blancas. A mi lado, Elmira respira con dificultad, sus manos retorciendo un pañuelo de papel