El silencio de mi habitación es pesado, roto solo por el sonido rítmico de mi propia respiración y el tic-tac de un reloj que parece burlarse de mi insomnio. Estoy acostada, con la mirada clavada en las sombras que bailan en el techo, intentando desesperadamente que el sueño me rescate de la espiral de pensamientos que me devora. Hace horas que le pedí permiso a Elmira para retirarme; ella, tras soltarme una de sus habituales reprimendas sobre que sabía perfectamente que no estaba "al cien por