Debo admitir, aunque me duela el orgullo, que esta mañana desperté sintiéndome extrañamente bien. El cuerpo, que ayer era un mapa de dolor y punzadas, hoy se siente más ligero. El ungüento que Lucien aplicó con una precisión casi quirúrgica —y una suavidad que todavía me cuesta procesar— ha obrado un pequeño milagro. Anoche, después del masaje, él realmente no buscó nada más. No hubo exigencias, ni ese deseo voraz que suele consumirnos. Fue un momento... ¿Dulce? Me estremezco solo de pensarlo.