Me mantengo en un rincón del comedor, con la espalda tan recta que temo que mis vértebras terminen por quebrarse. Mi expresión es una máscara estoica, un muro de mármol que he construido a toda prisa para ocultar el incendio que me devora por dentro. Ahora mismo, el arrepentimiento es una marea negra que me asfixia; me maldigo por haber salido de mi habitación, por haberme dejado convencer por los analgésicos y por esa estúpida necesidad de sentirme útil. Me ofrecí a ayudar en la cena buscando