Me quedo quieta un instante, sintiendo el aire espeso y rojo de la cabina. Puedo oler el whisky caro, el humo de su cigarrillo y el jazmín que él ha arrastrado desde el baño de la mañana. Me obligo a pensar y a calmarme. ¿Qué pretende este hombre? Quiere verme rota. Quiere que mis movimientos sean los de una esclava forzada, que mis ojos reflejen la vergüenza y que mi cuerpo se retuerza en una súplica silenciosa.
Quiere aplastar mi orgullo.
—No te daré ese gusto —murmuro tan bajo que solo el de