CAPÌTULO 4

DAMIAN

Llegué veinte minutos antes. No fue un accidente. La puntualidad es una de mis reglas de oro. Yo la cumplo a rajatabla y, por lo tanto, jamás perdono a quien no lo hace.

El propio Zach Moretti me recibió en la puerta,

disfrazado de pura hospitalidad.

—Sr. De Luca. —Me tendió una mano que no acepté—. Gracias por venir. Todo está preparado en la sala de recepción.

Pasé de largo sin decirle una sola palabra y Matteo me siguió los pasos. El ama de llaves nos guio hacia la recepción.

La habitación estaba tan meticulosamente montada como me lo esperaba. La esposa de Zach permanecía sentada con rigidez cerca de la ventana; su hija estaba a su lado, compuesta, observándome de la forma en que la gente mira a algo mientras decide si debe temerle o intentar encandilarlo. Un puñado de empleados se distribuía por las esquinas de la sala, inmóviles como si fueran parte del mobiliario.

Pero ella no estaba allí.

Me volví hacia Zach, que acababa de entrar, pero no pregunté de inmediato. Dejé que el silencio se prolongara, observando cómo la compostura de Zach se resquebrajaba bajo el peso de la tensión y cómo las manos de su esposa se apretaban un poco más en su regazo. Las personas revelan más en el silencio de lo que jamás confiesan en una conversación, y yo había aprendido exactamente cómo usar eso a mi favor hacía años.

—¿Dónde está? —dije finalmente.

La sonrisa de Zach flaqueó. —Se está... preparando, Sr. De Luca. Bajará en un momento.

—En un momento.

—En cualquier instante —añadió su esposa rápidamente, demasiado rápido.

El ama de llaves hizo un amago de ofrecerse voluntaria: dio medio paso al frente y ya estaba abriendo la boca para ir a buscarla. Alcé una mano y la habitación quedó en un silencio sepulcral.

—Iré por ella yo mismo.

Caminé hacia la habitación que me había señalado el ama de llaves, pero me detuve al escuchar un leve ruido proveniente de la escalera trasera. Seguí el sonido, asegurándome de que mis pasos fueran inaudibles, y fue entonces cuando la vi. Se movía a toda prisa hacia la puerta trasera, sosteniendo su vestido como si se arrepintiera de llevarlo puesto.

Estaba intentando escapar. De mí.

Abrió la puerta de servicio despacio y salió corriendo. La seguí y la observé correr en dirección a la cerca.

Terminé con el juego en ese instante.

—¿A dónde crees que vas?

Se quedó completamente congelada. Vi cómo sus hombros subían y bajaban una sola vez, despacio, como si el aire hubiera abandonado su cuerpo por completo. Se dio la vuelta para darme la cara y vi exactamente lo que esperaba ver. Miedo.

—Yo... yo... —tartamudeó, y eso me irritó.

—No lo hagas —murmuré con frialdad—. No me interesa lo que sea que vayas a decir. Quiero saber por qué pensaste que esto funcionaría.

No dijo nada. Sus manos se apretaron contra el dobladillo de su vestido, como si se aferrara a algo.

—¿De verdad creíste que lograrías cruzar esa cerca antes de que notara tu ausencia? —pregunté, y ella se removió, incómoda.

—Tenía que intentarlo —susurró sin un ápice de rebeldía. Era la pura verdad, ofrecida como si no esperara nada a cambio por ella.

La analicé entonces. El temblor que intentaba ocultar, la forma en que mantenía la barbilla en alto a pesar de todo. Era astuta, pero ingenua.

—Entiende una cosa —dije finalmente con una voz baja pero firme—. Ahí afuera no hay ningún lugar al que alguien como tú pueda huir. Los hombres que te encontrarían antes de que yo lo hiciera lograrían que todo este acuerdo te pareciera una bendición en comparación. —Dejé que mis palabras flotaran y cobraran peso entre los dos.

—¿Está intentando asustarme? —preguntó en un susurro. Me acerqué un paso y ella retrocedió de inmediato.

—Vuelve a intentar esto —le advertí— y no habrá una conversación. Solo consecuencias.

Soltó un leve gemido y dio otro paso atrás. Me di la vuelta para regresar al interior, pero me detuve al no escuchar sus pasos detrás de mí.

—Adentro, ahora —ordené. Ella entró a toda prisa y yo la seguí, lo suficientemente cerca como para que entendiera con total claridad la delgada línea que la separaba de una versión muy distinta de esta noche.

La sala de recepción seguía intacta cuando regresamos. Zach se puso de pie en cuanto la vio; primero mostró alivio, luego confusión y finalmente algo muy parecido a la alarma al notar el silencio entre nosotros y la evidente tensión en los hombros de ella.

—Seraphina, ¿dónde estabas...?

—Estaba tomando un poco de aire —dije. La mentira fue deliberada, dicha sin dar explicaciones, retando a cualquiera en esa habitación a cuestionarla.

Nadie lo hizo.

Matteo le acercó una silla y ella se sentó en silencio. Yo me senté antes de que él pudiera hacer lo mismo por mí.

El ambiente de la habitación se reconfiguró en ese instante. Zach se dejó caer de nuevo en su asiento, mientras los ojos de Isabella viajaban de Seraphina a mí, calculando algo que a mí no me interesaba en lo más mínimo.

—No habrá boda —anunció, y la sala quedó muda.

La mujer y su hija ahogaron un grito de sorpresa. Seraphina ni se inmuto.

—Sr. De Luca, seguramente... —empezó Zach, pero lo corté en seco.

—Esto es un contrato —sentencié—. No una celebración. Ella firma los documentos y eso es todo lo que se requiere. —Miré a Seraphina de nuevo, brevemente, y vi cómo asimilaba mis palabras sin reaccionar, aunque noté cómo sus hombros se relajaban sutilmente.

Volví a mirar a Zach, quien estaba demasiado atónito como para reaccionar y sacar los papeles.

Matteo aclaró la garganta, lo que hizo que Zach espabilara de prisa, sacara los documentos y se los entregara.

Les eché un vistazo y se los pasé a Matteo, quien a su vez se los extendió a ella.

—Fírmalos —le dijo, como si ella no supiera lo que tenía que hacer.

Ella miró a sus padres, quienes parecían estar más preocupados por la cancelación de la boda que ella misma. Su mirada se desvió hacia Isabella, pero no duró mucho. Finalmente, tomó un bolígrafo, firmó y le devolvió los papeles. Matteo asintió y me los entregó a mí.

—Se mudará en dos días —anuncié, desatando una nueva oleada de exclamaciones ahogadas. No me importó; ahora era mía y haría con ella lo que me diera la gana.

Me puse de pie, me abotoné el saco y caminé hacia la salida, ignorando los rostros llenos de asombro que dejaba atrás.

El teléfono de Matteo vibró antes de que alcanzáramos el auto. Miró la pantalla y se detuvo en seco; su expresión se endureció.

—¿Qué pasa? —pregunté, y él soltó un suspiro.

—Dominic —dijo finalmente—. Me envió un mensaje.

Seguí caminando. —¿Qué dice?

—Es sobre Vincenzo. —Matteo bajó la voz—. Su última ubicación conocida fue a dos calles de aquí. —Me detuve en seco.

Me volví hacia Matteo y él asintió, entendiendo mi reacción. El mensaje solo significaba una cosa: Vincenzo nos estaba siguiendo y, muy posiblemente, vigilando a mi nueva esposa.

—Escríbele a Christy —ordené finalmente—. Dile que nuestra novia viene a casa hoy mismo. —Y di la vuelta para regresar por donde había salido.

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