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—No lo haré —susurré, y mi padre me miró por primera vez desde que entré a su oficina.
No había podido pegar un ojo desde que esas palabras salieron de los labios de Damian la noche anterior. Había llorado y dado vueltas en la cama toda la madrugada, y ya había tomado una decisión: no iba a casarme con ese hombre. Jamás.
Mi padre se levantó lentamente de su silla, con la furia pintada en el rostro. Caminó despacio hacia mí y me preparé mentalmente para sus insultos, pero lo que no me esperaba fue el dolor de su mano estrellándose contra mi mejilla.
—Pedazo de basura malagradecida —dijo, arrastrándome hacia él con un tirón que me hizo tambalear—. ¿De verdad te crees lo suficientemente importante como para casarte con Damian?
Me limpié el pequeño corte en el labio y lo miré, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. —Entonces no me dejes casar con él —supliqué llorando—. Isabella sí lo vale, convéncelo de que... —otra bofetada cortó mis palabras.
—¡No vuelvas a mencionar el nombre de mi hija, nunca! —rugió, y yo asentí de inmediato.
—¡Yo también soy tu hija! —grité entre lágrimas—. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de eso?
Me miró fijamente durante unos segundos, como si le hiciera gracia, y luego me soltó despacio.
Caminó con parsimonia de regreso a su escritorio, se sentó y me clavó la mirada que se le dedica a algo por lo que se tiene muy poca paciencia.
—Has vivido en esta casa durante quince años —dijo—. Has comido en esta mesa. Has dormido bajo este techo. Has llevado un apellido que no hiciste nada por ganarte. —Hizo una pausa—. Esta familia nunca te ha pedido nada hasta ahora. Nada. —Otra pausa, esta vez con la voz más baja—. Vas a hacer esto, Seraphina. O te largas mañana mismo con lo que lleves puesto.
Abrí la boca para hablar, pero él continuó.
—Y los dos sabemos —añadió— que no tienes a dónde ir.
—¿Así que me vas a arrojar a los brazos de un demonio? —le pregunté, y él se limitó a encogerse de hombros.
—La familia se basa en sacrificios. Este es el tuyo.
La oficina quedó en completo silencio. Me quedé allí de pie y sentí cómo algo terminaba de cerrarse dentro de mí; una puerta que había mantenido abierta toda mi vida, un tonto empeño en creer que él podía ser algo más que esto. Se cerró sin hacer ruido. Me di la vuelta para marcharme, pero su voz me detuvo.
—La firma del acta de matrimonio es mañana, asegúrate de estar más que lista —dijo, y salí de ahí sin pronunciar palabra.
Estaba a punto de llegar a la puerta de mi habitación cuando Isabella me cortó el paso. Solté un suspiro de cansancio. Ya estaba lo suficientemente abrumada como para tener que lidiar con los aires de mi hermanastra.
—¿Qué quieres? —pregunté exhausta, y ella soltó una burla.
—Debes de sentirte toda una diva ahora que te eligió a ti, ¿verdad? —preguntó, y yo fruncí el ceño, confundida. ¿Quién en su sano juicio se alegraría de ser arrojada a la boca del lobo? —En hombres como Damian nunca se debe confiar. Los tipos como él destruyen todo lo que tocan. Y cuando termine contigo, no esperes que nosotros recojamos tus pedazos.
Se dio la vuelta y se alejó antes de que pudiera responderle. Me quedé mirando cómo se marchaba; tenía razón. Damian iba a destruirme si me casaba con él, así que me aseguraría de que eso jamás sucediera.
Mi habitación era un caos de empleados y diseñadores. Al parecer, Damian le había ordenado específicamente a mi padre que me hiciera lucir espectacular para la firma del matrimonio. El ama de llaves se había encargado de restregármelo muy temprano esta mañana.
Me moví un poco en el asiento mientras la estilista hacía maravillas con mi cabello y suspiré. En toda mi vida había recibido tanta atención, ¿y solo porque iba a casarme con Damian de pronto obtenía todo lo que alguna vez había soñado? Volví a suspirar y la estilista se detuvo.
—¿Te lastima? —preguntó.
—No, estoy bien —respondí con una sonrisa fingida; ella asintió y continuó con lo suyo.
La puerta se abrió y mi madrastra entró. Se detuvo en seco al verme, con una expresión de sorpresa que no tardó en transformarse en rabia.
—Esto es lo que siempre quisiste, ¿no? —dijo con amargura—. Siempre has codiciado todo lo que le pertenecía a mi hija.
Negué con la cabeza despacio; estaba muy equivocada, al menos en esto. —Yo no quiero esto —le dije, y ella soltó una risotada despectiva.
—Ay, por favor, cállate. —Se acercó a mí y reclinó la cabeza—. Damian solo busca a una tonta débil a la que pueda controlar, ¿y adivina quién encaja perfectamente en esa descripción, Seraphina? —preguntó, dejándome helada. De inmediato recuperó la compostura y sonrió, como si hubiera cumplido su misión.
Miró al diseñador. —Dense prisa, no tardan en llegar —ordenó, y salió del cuarto.
Me quedé pensando en sus palabras mientras el diseñador me ayudaba a ponerme el vestido; pensé en ello cuando me miré al espejo y no fui capaz de reconocerme; pensé en ello cuando el ama de llaves tocó a la puerta para avisar que Damian y sus hombres ya habían llegado, y seguía dándole vueltas al asunto cuando el diseñador aclaró la garganta para llamar mi atención.
—Ya terminé —dijo con una sonrisa, la cual le devolví.
—Gracias —susurré, mirándome una vez más. Me veía diferente, bien, pero por alguna razón no me sentía cómoda. Era un recordatorio del infierno en el que estaba a punto de entrar. —Puedes irte —le dije de repente al diseñador—. No hace falta que me esperes, saldré en un momento —añadí, y él asintió antes de retirarse, dejándome completamente sola.
En cuanto salió, le pasé el cerrojo a la puerta y me fui directo al armario. Iba a escapar; ese era mi único pensamiento mientras revisaba mi ropa a toda prisa. De pronto me detuve y suspiré; la ropa me retrasaría y el servicio podría verme si llevaba equipaje. Solté las prendas que tenía en la mano, caminé hacia mi caja fuerte y la abrí despacio. Miré el dinero que había dentro y la foto de mi madre, la única fotografía que conservaba de ella. Los tomé de inmediato y los oculté entre los pliegues de mi vestido. Tenía que escapar, y tenía que ser ya. Me acerqué a la puerta y la abrí con cuidado; el pasillo estaba desierto. Mi familia estaba en la sala de recepción con ese demonio, y los empleados debían de estar rondando por esa zona, así que tenía unos segundos de ventaja. Si tan solo logro llegar a la cerca trasera por la puerta de servicio, pensé, y me dirigí rápidamente hacia la escalera de atrás.
Bajé despacio y abrí la puerta trasera; por fortuna, no tenía llave. Tal vez la suerte por fin está de mi lado, pensé, y eché a correr hacia la cerca. Pero entonces, escuché esa voz. Una voz profunda y grave que se había quedado grabada en mi mente desde que la escuché hace dos noches.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó, y me quedé completamente paralizada.







