DAMIAN
Matteo entró en mi oficina sin molestarse en tocar y supe de inmediato que algo andaba mal. Fruncí el ceño mientras me giraba hacia él.
—Existe algo llamado tocar la puerta, Matteo —dije con severidad, pero él ni se inmutó.
—Alguien estuvo en la habitación de ella —soltó en su lugar, y finalmente lo miré a los ojos.
—Hmm —expresé tras unos segundos—. ¿Algo fuera de lo común?
—No —sacudió la cabeza—. Solo fotos de su madre, perfectamente ordenadas.
Regresé la mirada a mi computadora portá