Alina se bajó de la cama, salió y cerró la puerta de un portazo. Cinco segundos después la volvió a abrir, entró de nuevo y, sin decir palabra, recogió su ropa del suelo.
Oliver se rio.
—¿Tan decepcionada estás de que no te haya hecho mía ahí mismo?
—Para nada.
Regresó a su habitación, se dio un baño, se cambió de ropa y hasta entonces salió a la sala.
Oliver ya estaba listo, sentado en el sillón hojeando el periódico. Al verla salir, le dijo:
—Ven, vamos a desayunar.
Alina contempló el