Después de que Alina se fue, Lia seguía dominada por el miedo. Salió corriendo hacia la casa y entró llorando a la habitación de Mariza.
—¡Mamá, mamá, tienes que ayudarme a darle su merecido a la gorda!
La joven lloraba desconsolada, lo que despertó una profunda lástima en su madre.
—Ven, mi niña, ya no llores. Cuéntame, ¿cómo te molestó esa escasa de cerebro esta vez?
Mariza ayudó a su preciada hija a levantarse.
Entre sollozos, Lia le explicó a tropezones cómo había contratado gente para fast