Alina se sobresaltó. ¿Oliver estaba despierto? Antes de que pudiera girarse, un tirón la arrastró de vuelta a la cama. La acorraló bajo su cuerpo, clavando en ella una mirada intensa y directa.
—Ali, dímelo.
—No tengo nada que decirte.
Oliver hundió el rostro en el hueco de su cuello. Su cálido aliento, impregnado de alcohol, acarició su piel. En un susurro ronco, confesó:
—Ali, voy a protegerte. Hagas lo que hagas…
El roce de esa voz rasposa contra su oído destrozó sus barreras. Las lágri