Mientras tanto, en la acera, Alina vio alejarse la camioneta de Cheeto y sacó su celular. Marcó el número de Oliver.
—¿Ya terminaste? —preguntó—. Te llevo a casa.
A través del auricular, se filtraba el ruido de conversaciones animadas y música ambiental. La voz de Oliver, sin embargo, sonaba grave y tranquila.
—Sí. Casi.
De fondo, Alina pudo escuchar el rechinar de sillas y varias voces masculinas insistiendo a carcajadas para convencer al magnate de que se quedara a tomar la última copa.