Trini se volteó hacia Cecilia y torció la boca con desprecio.
—Conque te gusta arrebatar lo ajeno, ¿no? Tú espérate.
Cecilia contestó entre sollozos.
—¡Tampoco es para tanto! Lo único que tienes es a alguien que te respalda.
Trini se rio.
—Pues sí, tengo quien me respalde. ¿Y qué me piensas hacer?
Sami se abrió paso entre la multitud a empujones y, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, la miró de reojo.
—¿Cuáles padrinos? ¿Y con eso te atreves a venir a armar un escándalo?