Nick entró a su habitación como un hombre expulsado de sí mismo. Apenas cerró la puerta, apoyó la frente contra la madera y dejó que el peso del mundo lo atravesara.
Sus manos temblaron.
Su pecho dolía.
Sus rodillas casi cedieron.
Se deslizó hasta sentarse en el suelo.
La respiración le fallaba como si hubiera corrido una guerra entera sin armadura.
La imagen de Isabella llorando —esa única lágrima que trató de ocultar— lo partió en dos.
— ¿Qué he hecho…? —susurró, con la voz rota.
Luchó contr