Domingo — 09:45 p.m.
Las calles de Nueva York parecían un campo de batalla. El resplandor de las llamas convertía los rascacielos en siluetas rojas contra el cielo nocturno. Salvatore, al volante, apretaba los dientes, con las pupilas dilatadas por el reflejo del fuego. Cada giro de su mechero era una promesa de caos, su instinto piromaniaco despierto; cada botella de gasolina derramada era un preludio de destrucción.
En la primera calle, un almacén abandonado ardió en segundos, las llamas devo