La sede de la INTERPOL nunca dormía. Solo bajaba la voz, como un animal agazapado conteniendo la respiración.
En su oficina, suspendida entre pantallas, Scott Walton era el centro de ese silencio cargado. Las constelaciones artificiales de datos bailaban en los monitores, iluminando su rostro cincelado por décadas de decisiones imposibles. Mapas de Europa y Nueva York, rutas de contrabando marcadas en rojo sangre, fotografías de hombres y mujeres que ya no eran personas, sino coordenadas en un tablero de ajedrez mortal.
La puerta se abrió sin anunciarse. Solo Darius tenía ese pase.
Scott no levantó la vista de la pantalla donde un informe forense sobre Sasha Elroy se desplegaba, línea a línea, como un poema macabro.
—Cierra. Y habla —ordenó, su voz un susurro áspero que cortaba el zumbido de los servidores.
Darius obedeció. El sonido de la silla al deslizarse sobre el piso fue el único eco. Se sentó, pero no se relajó. Su postura era la de un soldado ante un general que está a punto d