La madrugada encontró a Nick en una clínica discreta a las afueras de la ciudad, la misma que los hombres de Giuseppe usaban para asuntos que no podían llegar a hospitales públicos. El olor a antiséptico y el silencio cargado reemplazaban al salitre y la sangre del muelle. Le habían sacado la bala de la pierna, cosido los cortes y administrado antibióticos y analgésicos por vía intravenosa. La fatiga era un peso de plomo en cada hueso, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía dos cosas: la jaula hundiéndose en la oscuridad y la determinación absoluta en los ojos de Isabella al saltar tras él.
La puerta de la habitación se abrió. No fue un médico, sino Scott. El rostro del hombre estaba tallado en granito; sus ojos, tras unas gafas de carey, escudriñaban a Nick con una mezcla de preocupación profesional y profunda irritación.
—Walton. Pareces el infierno rehecho —dijo Scott, cerrando la puerta.
—Me siento como tal —respondió Nick, con la voz ronca. Intentó incorpor