La madrugada encontró a Nick en una clínica discreta a las afueras de la ciudad, la misma que los hombres de Giuseppe usaban para asuntos que no podían llegar a hospitales públicos. El olor a antiséptico y el silencio cargado reemplazaban al salitre y la sangre del muelle. Le habían sacado la bala de la pierna, cosido los cortes y administrado antibióticos y analgésicos por vía intravenosa. La fatiga era un peso de plomo en cada hueso, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, ve