Al mismo tiempo, la madrugada en Wajir era densa, cargada de silencio. El reloj marcaba las 05:55 a.m., y la penumbra apenas se rasgaba con un tenue resplandor grisáceo en el horizonte. El aire estaba frío, seco, y el polvo se levantaba con cada ráfaga de viento.
De pronto, un estruendo sacudió la quietud. Una explosión iluminó el lugar con un destello anaranjado que convirtió las sombras en figuras danzantes y siniestras. El eco metálico de los disparos retumbó como si la misma tierra desperta