La voz de Thomas resonó detrás de mi madre con una calma tan pulcra y ensayada que me dio escalofríos. El bullicio habitual de la cafetería pareció desvanecerse en un segundo, devorado por la tensión que ese hombre traía consigo a donde sea que fuera. Mamá dio un pequeño brinco en el taburete, sorprendida, pero su expresión se suavizó de inmediato al verlo. Se acomodó en el asiento y lo miró con una especie de alivio sumiso que me revolvió el estómago todavía más que el aroma de su perfume impo