La tarde estaba teñida de un gris solemne cuando el coche se detuvo frente al edificio señalado en la carta. No era un palacio ni una embajada, pero tenía el aire de un lugar que guardaba secretos desde hacía siglos. Las columnas de mármol se alzaban sobrias, el portón de hierro forjado brillaba bajo la lluvia tenue, y en cada detalle del diseño había una sobriedad que imponía respeto.
Darian bajó primero, con el porte de quien no confiaba en nada ni en nadie. Sasha caminaba un paso detrás, al