En la residencia Elizalde, Leonard despertó sobresaltado.
No había sonido, no había movimiento… pero algo en su instinto le dijo que no estaba solo. Tomó la pistola que guardaba bajo la almohada y caminó hacia el pasillo, descalzo, con el corazón golpeando en su pecho.
No encontró nada, la casa estaba silenciosa como un mausoleo. Inmediatamente, regresó a la habitación y, al encender la luz, lo vio.
Encima del tocador, sobre su corbata favorita, había una pluma negra.
Y bajo la pluma, una t