Las pantallas del salón de operaciones proyectaban mapas interactivos, rutas de comunicación cifrada y transferencias sospechosas. El aire se podía cortar con un cuchillo: Aelin, Sasha y Darian llevaban horas en silencio, armando las piezas de un rompecabezas que, por fin, comenzaba a mostrar el rostro de la serpiente.
—Filtra por frecuencia de contacto —ordenó Aelin.
Sasha ejecutó el comando. Los nodos digitales comenzaron a iluminarse. Tres resaltaban con intensidad: Thelma Sandhurst, eje