El eco de la gala seguía retumbando en las esferas altas. Aunque Aelin no había revelado todo su rostro, su voz, presencia y nombre bastaron para encender todas las alarmas.
No era una dama misteriosa. Era una amenaza real.
En un despacho oculto, tres hombres se reunieron.
—Ella no puede continuar —dijo el primero, un financiero internacional que había hecho fortunas con contratos turbios que ahora se veían comprometidos por la aparición de Vólkova.
—Su exposición es peligrosa —agregó el se