El día comenzó como cualquier otro: con sudor, metal y entrenamiento.
Aelin ya se movía como antes. Su cuerpo era firme. Su respiración, calculada. Pero su alma… esa aún estaba cosiendo cicatrices invisibles.
—Has mejorado —dijo Darian, mientras ella giraba con una daga en la mano y detenía su golpe a milímetros de su cuello.
—No. Solo me estoy acercando a lo que alguna vez fui —respondió ella, bajando el arma.
Esa mañana, Darian había recibido una notificación encriptada en sus servido