Jasemin.
No dormí esa noche.
Y no fue por el frío de la habitación, ni por la dura cama a la que tenía que acostumbrarme, siquiera por las noticias horribles que llegaban desde Radin como cadáveres arrastrándose hasta Babel.
De hecho, no tenía más lagrimas para derramar.
Pensaba en mi familia, en Malek cada día, en cómo sería lo maravilloso de que esta pesadilla acabara, pero no sé en este punto si eso pasaría.
Me di la vuelta varias veces, y arrugué el rostro cuando me dolió la garganta con un