El amanecer en Roma era un espectáculo en sí mismo, con la luz dorada filtrándose entre los edificios históricos y las calles aún tranquilas, dejando entrever un día prometedor. Helen, con su delicada figura envuelta en un abrigo beige, se acercó a la cocina temprano esa mañana. Había pasado una noche tranquila aunque lo último que había recordado era que se había quedado dormida en el sofá Pero cuando abrió los ojos ya estaba en la cama envuelta en los brazos de Maximus.
A tempranas horas de l