Los guardaespaldas preparan los vehículos de manera inmediata, unos minutos después Maximus Albani apretó el volante con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, como si estuviera luchando contra una fuerza invisible. El rugir del motor de su automóvil resonaba en las estrechas calles de Roma, mientras él avanzaba a una velocidad imposible de calcular, como un demonio escapando del infierno. Pero, en su mente, el verdadero tormento no estaba en el peligro de las calles oscuras ni en los