La iglesia estaba iluminada por miles de luces, reflejando la majestuosidad de una boda que se esperaba solo en los sueños de aquellos que alguna vez creyeron en el verdadero amor. El altar, en el corazón de Roma, era testigo de la unión de dos almas que habían pasado por los peores oscuros de la vida para llegar a este momento. Maximus esperaba, erguido y firme, con la mirada fija en el pasillo. El hombre que una vez fue un hombre sin esperanza, sin amor, ahora se encontraba listo para recibir