La cara de interrogante se dibujó en la jefa, pero la pequeña Vera solo se encogió de hombros, indicándole que no tenía idea de a que habían ido.
Mónic se acercó hasta ellos. Eran un hombre de unos cincuenta años, robusto y piel morena, el otro era un poco más joven, alrededor de los treinta, de estatura mediana, tez blanca y con anteojos.
—Señores, buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? —les decía con cortesía.
—Buenos días. Detective Steve Jenkins y el detective Jan Clain —extendió su mano, s