El desconcierto tras la desaparición de Mónic era tan espeso que podía palparse en el aire. Nadie en la editorial podía concentrarse, los teléfonos no dejaban de sonar y las miradas de angustia se cruzaban sin necesidad de palabras.
Logan, sin embargo, no era hombre de quedarse sentado esperando milagros. Sentía cómo la rabia y el miedo lo carcomían por dentro, como una fiera encerrada.
—Revisen las cámaras del estacionamiento —ordenó con la voz firme, aunque el temblor de su mandíbula lo delat