Tras terminar la llamada con Heinrich Meisel, el señor presidente observó al hombre que estaba parado por ahí.
Thiago Cedeño miraba para afuera de la oficina en la que estaban. Su semblante lucía derrotado; el joven solo era un niño queriendo jugar un juego de hombres para el que no estaba preparado.
De cierto modo, el presidente lo compadeció, por años, su padre le había dado todo a este hombre y jamás le había enseñado a llevar la vida con rectitud, al contrario, le había enseñado que, para ob