La noche había caído sobre el río como un manto espeso, dejando apenas el reflejo de la luna que se quebraba en las aguas tranquilas. Julia permanecía sentada en el borde del muelle, los pies descalzos rozando la superficie helada. El silencio era tan denso que parecía una pared, pero en su interior ardían todas las palabras que no se atrevían a salir.
Sebastián la observaba desde la distancia, apoyado en el marco de la puerta de la posada. Sus manos estaban cerradas en puños, como si solo así