Sara corría por la avenida. El autobús se había retrasado y llegaría tarde a una importante conferencia de un reconocido experto en comportamiento criminal en la academia. Si se la perdía, no descubriría cómo pensaban los psicópatas. Y no sabría reconocer a uno en cuanto lo viera.
—¡Espera! —la llamó un chico—. Creo que se te cayó esto.
El hombre, sonriente bajo un alocado cabello rubio, le extendió su billetera.
—¡Gracias! —exclamó ella, sorprendida por su grata muestra de honestidad.
En la bi