Por entre las otoñales nubes que tapiaban el cielo, unos vigorosos rayos de sol iluminaron el bote a remos en el que Sara y Misael se habían aventurado. Imaginó ella que el hombre conseguiría algo más grande, con motor y cómodos espacios. Vislumbró incluso un yate, no le sería difícil con la fortuna que se gastaba, pero allí estaba él ahora, remando con una deslumbrante sonrisa.
—Nunca dejas de sorprenderme.
—No sé que hice, pero gracias. Por cierto, tu blusa se transparenta un poco y veo tu br