El pequeño cuarto del hospital había empezado a sentirse como una caldera hirviendo desde que Misael llegara. La ventana seguía cerrada y no parecía haber algún otro sistema de ventilación. Todavía pululaban en el viciado aire las dispares esencias de los funcionarios que habían desfilado junto a la camilla de Sara todo el día.
La palidez mortecina contrastaba con el ardiente rojo de sus mejillas, donde la sangre se acumulaba.
No se había atrevido a alzar la mirada. Tampoco le reclamó cuando él