La plácida sonrisa que el buen dormir de Trinidad le había dibujado en el rostro se interrumpió con el sonido de su teléfono. Los amantes prohibidos, que se reunían furtivamente sólo en sus sueños, volvían a estar otra vez más lejos que nunca.
Era su jefe quien la llamaba, pidiéndole una taza de leche chocolatada caliente a las tres de la mañana.
Ella había tenido muchos trabajos antes de llegar con Misael Overon. Nunca consideró ser sirvienta hasta que vio la suculenta suma que él magnate le