En el mullido sofá de la casa del lago que parecía una bestia ciclópea, el cuerpo de Sara se hundió con el de Misael encima. El calor de las llamas que ondeaban tentativamente en la chimenea rivalizaba en ardor con el de sus sangres. Se les agolpaba en la cabeza y bombeaba con fuerza hacia sus genitales, mientras oían un leve zumbido, imperceptible para oídos humanos. Eran susurros. Los susurros de las bestias que aullaban con nostalgia hacia la luna.
Los besos y caricias se volvían una danza