Misael terminó de revisar unos documentos, tecleó algunas correcciones y las envió a Clarisa. El silencio volvió a la oficina, sólo interrumpido por el tic tac de su reloj.
El latido de un corazón agónico, así había descrito su sonido Sara. No era una idea nueva. Él debía haber tenido unos cinco años cuando, en una visita a la empresa de su padre, lo oyera por vez primera.
"¿Hay alguien viviendo en tu reloj?", le preguntó.
"Así es", le dijo su padre. "Una mujer malvada que fue castigada por sus