—¡Júrame que no te fuiste con ese Overon! —exigió Max, enfurecido.
Por la tarde, los de narcóticos habían hecho una redada y varios Álvarez estaban ya detenidos, mientras otros, entre los que estaba su sospechoso, se habían fugado. Estaban como locos con el rastreo mediante cámaras de vigilancia y triangulación satelital de sus teléfonos y ella, bien gracias, flirteando por ahí con un magnate.
—No me fui con él. Me sentí mal, por eso no pude regresar.
—También es un lobo ¿No? —preguntó, pese