Por más veces que Sara abrió y cerró los ojos, no cambió el panorama frente a ella: la pulcra habitación blanca, la luz grisácea del techo, la mano en su vientre que no veía, pero que sentía.
Recordó el choque. Tal vez se había dañado la columna. El terror fue tan intenso que podría haberle dado un infarto si su corazón fuera capaz de agitarse. Se balanceaba en calma, su lento latir monótono era como el de un reloj.
Como el del reloj de Misael.
Lo único que podía hacer era contar el paso del ti