Finas gotas de sudor perlaban la frente de Sara. Había descubierto que podía cansarse sin moverse en lo absoluto y que, en tales circunstancias, la locura estaba a la vuelta de la esquina, o de su cama.
Luego de un tiempo indeterminado, logró mover los ojos unos milímetros a la izquierda. Tenía una vía conectada a la muñeca. Por ahí le administraba algún tipo de fluido. Con otro esfuerzo más, pudo moverlos hacia abajo. Vio su nariz y las puntas de sus pies. A la derecha había una puerta.
El sil