Sara se estacionó en el jardín de la que parecía una hermosa mansión, con blancos muros estilizados y ventanas grandes y traslúcidas, que delineaban los cuatro pisos. Podría haber sido un hotel, ideal para pasar el verano cerca del mar, que rugía a la distancia. La casona estaba emplazada sobre un risco, bajo el que rompían las holas. Unos cuantos kilómetros hacia el sur estaba la casa en la playa de Misael. Tan increíblemente cerca y tan lejos a la vez.
—Hola, buenas tardes. Soy la detective R