Bueno, no. No era otra noche igual que la anterior. No sabía dónde me estaba llevando este tipo.
Llegamos a una especie de edificio viejo, de esos de departamentos que quedan abandonados. Su auto de lujo y su traje caro no tenían nada que ver en ese barrio.
—Baja —ordenó, porque él ordenaba, no pedía.
Atrás nuestro se estacionó otro coche y se bajaron cuatro monos enormes: sus matones o «guardaespaldas», como les decía Giuseppe. Los grandotes miraron para todos lados, se acercaron a la puerta me