Paulina
La casa me recibió en total silencio. Y, por un segundo, agradecí eso.
Rupert me abrió la puerta apenas llegué. Me miró con respeto y la discreta preocupación que le conocía bien.
—¿Sofía? —pregunté, entregándole el abrigo.
—Salió hace un rato —respondió—. No dijo a dónde, pero prometió volver pronto.
—¿Iris?
—En su habitación. Jugando. Está bien.
Asentí. Subí las escaleras despacio, sintiendo cómo cada paso me alejaba del mundo real y me acercaba a lo único que todavía tenía sentido.
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