Pierre
El reloj no dejaba de hacer ese maldito tic-tac como si se burlara de mí. Cada segundo que pasaba sin que ese imbécil abriera la boca era más que una falta de respeto, era como si me estuvieran clavando agujas en mi piel.
Me pasé la mano por el cabello, de nuevo. No sabía cuántas veces lo había hecho desde que entré en la oficina, pero cada vez era con más fuerza. Tenía que empezar. Ya. Esto tenía que terminarse de una maldita vez.
—¿Qué estamos esperando? —pregunté, cruzando la sala con